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Dueño de todo, menos de sí mismo.


65 telefonos
65 telefonos

Foxborough, Massachusetts. 16 de julio de 2025. Sesenta y cinco mil personas en el estadio Gillette. A mitad del concierto, Chris Martin suelta la cámara sobre la multitud y empieza a improvisar una canción sobre las parejas que el lente va encontrando. La cámara pasea. Se detiene.


Él la tiene tomada por la cintura. Ella se recuesta hacia atrás, sonriendo, cómoda, segura de que ese instante era de ellos dos. Entonces se ven —doce metros de alto sobre la pantalla, frente al estadio entero— y el cuerpo hace lo que la voluntad no hizo. A ella se le abre la boca, las manos vuelan a la cara, gira. Él se deja caer. Se dobla. Desaparece bajo el borde del cuadro, como si el piso pudiera esconder a un hombre de sesenta y cinco mil teléfonos. Martin, al micrófono, sin entender todavía lo que vio: «O tienen una aventura, o son muy tímidos».


El hombre era Andy Byron, director general de Astronomer. Su empresa vende orquestación de datos: coordina miles de procesos que no pueden chocar entre sí, sincroniza flujos imposibles para medio mundo. Él orquestaba todo eso. No pudo orquestar la distancia entre su mano y esa cintura.


A los tres días renunció. El comunicado de la junta cupo en una línea: se espera que nuestros líderes fijen el estándar en conducta y responsabilidad, y ese estándar no se cumplió.


El nombre da igual. El patrón se repite en cada ciudad.


El gerente que gerencia la empresa con precisión de cirujano y no gerencia la casa. Que cierra rondas de inversión y no cierra el día con sus hijos. Que tiene un tablero de control para cada métrica del negocio y ni un indicador para su propio matrimonio. Optimiza todo lo de afuera. No gobierna nada de adentro.


Una vida entera por fuera. Fragmentada por dentro.


Porque ese hombre no dirigía una vida. Dirigía varias, en cuartos separados, como si fueran empresas distintas que nunca tuvieran que cruzarse. El de la oficina. El de la casa. El de adentro. Cada uno en su habitación, con la puerta cerrada, sin hablarse. Gobernaba el cuarto que pagaba. Dejaba que los demás juntaran polvo. Hasta que la cámara lo encontró y todos los cuartos resultaron ser una sola casa —y la casa no tenía a nadie al mando en el centro.


Platón vio esto hace veinticuatro siglos. Dijo que el alma tiene tres partes: la que razona, la que se enardece, la que desea. Y que la virtud que las pone en orden se llama templanza —ser dueño de sí mismo—. No hay dueño de la empresa. De sí mismo. Dijo algo más: que el hombre justo es quien ordena su propia casa antes de salir a ordenar la ciudad. Byron salió a tomar la ciudad. Construyó una. La casa de adentro la dejó sin gobierno.

Salomón lo dijo más brevemente, mil años antes: «Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda» (Proverbios 25:28). Sin muro. El que no se gobierna por dentro no tiene defensa por fuera. No hay portón que cerrar. La cámara entró caminando.


Y el derrumbe siempre viaja en la misma dirección: de adentro hacia afuera. No empezó en el estadio. Empezó meses antes, en el cuarto sin cámara donde un hombre decide quién manda en él. De ahí pasó a la casa. De la casa a la empresa. De la empresa a sesenta y cinco mil extraños y al internet entero. No se saltó un solo anillo. Nunca se salta. Lo de adentro siempre termina afuera; solo es cuestión de qué pantalla lo publica.

autogobierno
autogobierno

Y acá me incluyo, porque la plataforma desde donde se señala a otro siempre tiembla.

Un negocio que debe funcionar los 365 días del año. Hay noches en que la plancha de Naguara sale impecable, cada hamburguesa en su punto, y no le pregunté a mi hijo cómo le fue en su partido. Escribo sobre liderazgo. Hay mañanas en que corrijo un párrafo sobre gobernarse a uno mismo, con un nudo en el pecho porque no he podido gobernar ciertas cosas. Llevo veintiún años casado, y sé que el matrimonio no se sostiene en el gesto grande del aniversario: se sostiene o se cae si estoy presente en los gestos pequeños —la misma fidelidad callada que exige la plancha—. La verdadera tentación es más barata que una aventura y más cotidiana, y surge cuando no se alcanza a conciliar las diferencias y se pasa la noche en la pesadilla que generan esas vivencias. Gobernar al que rinde y cerrarle la puerta al resto.


La diferencia entre Byron, usted y yo cabe en una palabra: cámara... A él lo publicaron en doce metros de pantalla. A la mayoría nos publica algo más lento —un hijo que deja de contarnos cosas, un cónyuge que se acostumbra a la versión ausente de nosotros, un espejo a las cinco de la mañana.


Esa cámara lenta encuentra a todos. La pregunta no es si te va a encontrar. Es qué hallará ya gobernado cuando llegue.


¿Cuál es el cuarto de tu vida que llevas años sin gobernar —el que todavía no sale en ninguna pantalla?


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Danilo Carrillo

 
 
 

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