Porque a la gente buena le pasan cosas malas?
- Danilo Carrillo
- 1 jul
- 7 min de lectura

Porque a la gente buena le pasan cosas malas
Mayo y junio fueron meses muy difíciles para mi familia.
Perdí a mi nieto en un accidente de moto. Perdí al hijo de mi compadre José en un accidente de trabajo. Un hijo bueno, amado, de esos que uno señala y dice: ese va a llegar lejos. José y yo fuimos muy unidos en el tiempo que estuvimos cerca; hoy nos separan miles de millas, y aun así siento su dolor como propio —el dolor de un padre que entierra a un hijo que no merecía morir así. Eso me parte el alma.
Después la tierra se abrió bajo Vargas y partes de Caracas, y todavía nadie termina de contar cuántos nombres hay que llorar. Y anoche, en el puesto de hamburguesas, un comensal me trajo la última noticia: un esposo que comió en nuestra mesa hace apenas veinte días murió cuando cayó el edificio donde vivía en La Guaira. Había regresado al país; su familia lo esperaba en Venezuela. Lo conocía. Conocía su pedido.
Cuatro heridas en un mes. Y la pregunta que llega con cada una es la misma: ¿por qué a la gente buena le pasan cosas malas?
La pregunta no es inocente. Viene armada. Debajo del «por qué» late otra pregunta más filosa: ¿quién tiene la culpa? Por eso perturba tanto. No busca información. Busca un responsable a quien llevarle la cuenta del dolor.
Y cada cosmovisión le entrega esa cuenta a algo distinto. Para el que vive bajo fuerzas impersonales —el karma, el destino, el engranaje ciego de un sistema que se mueve solo— la respuesta es un mecanismo. Una rueda que gira sin rostro, sin oídos, sin nombre. El que sufre queda atrapado en una lógica que actúa sobre la naturaleza como una ley física, y ahí aparece la incongruencia que nadie resuelve: no hay a quién reclamarle, porque un mecanismo no escucha. Uno le puede gritar al vacío toda la noche. El vacío no responde, porque el vacío no tiene con qué.
Para otros, la respuesta tiene rostro, y ese rostro es Dios. Y aquí la cristiandad se parte en tres.
Están los que acusan y se van. Le cierran la puerta al cielo y caminan hacia otro lado, con el reclamo clavado en el pecho.
Están los que se inclinan con la cerviz baja. Bajan la cabeza porque saben que nada pueden contra el Invisible, y llaman reverencia a lo que por dentro sigue siendo resentimiento. Una sumisión que muerde.
Y están los que se sostienen mirando al Invisible. Siguen sangrando y siguen mirando. Esa es la paradoja: el mismo golpe que echa a unos hacia la puerta, a estos los echa hacia el pecho de Dios.
¿Qué sabe ese tercer grupo que los otros dos ignoran? Que el dolor que cargan Dios lo comparte, porque lo vivió en carne propia. Conoce este territorio desde adentro, no desde la orilla.
Los evangelios describen la pérdida más desgarradora de toda la historia humana, y le ponen un ingrediente que sacude cualquier mente por dispersa que esté: entregaron al Hijo por envidia (Mateo 27:18 RV1960). Por envidia —la más gratuita y humana de las causas del mal. Un Padre vio morir a un Hijo inocente y no movió el cielo para impedirlo. Dios sabe lo que es enterrar a alguien amado.
Y en ese territorio hizo algo que ninguna otra historia se atreve a contar. La muerte tiene un nombre en la Escritura, y ese nombre es enemigo: «El postrer enemigo que será destruido es la muerte» (1 Corintios 15:26 RV1960). El griego dice καταργέω —reducir a nada, dejar sin efecto. La muerte es un enemigo con la sentencia ya firmada.
Contra ese enemigo, Cristo no mandó un mensajero. Bajó Él mismo. Participó de carne y sangre «para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo» (Hebreos 2:14 RV1960). Caminó de frente hacia el enemigo y lo desarmó desde adentro.
La muerte lo mordió, y al morderlo quebró sus propios dientes: «Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Corintios 15:54-55 RV1960). El enemigo sigue mordiendo —lo sé, me duele hasta los huesos— pero muerde con la fecha de ejecución puesta. Viene el día en que Dios enjugará toda lágrima, y la muerte quedará atrás para siempre (Apocalipsis 21:4 RV1960).
Ahora déjame decir algo que el corazón desgarrado necesita oír con precisión. No hay propósito en la muerte. La muerte cesa las funciones, deshace lo que Dios formó con sus manos, apaga lo que estaba encendido. La Escritura no la maquilla ni le inventa una misión.
Y con todo, otro texto dice: «Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos» (Salmo 116:15 RV1960). ¿Cómo se sostienen las dos cosas a la vez? Porque «estimada» no describe el morir. Describe el recibir. No hay propósito en la muerte para el que muere —a menos que haya abrazado la esperanza bienaventurada (Tito 2:13 RV1960). Las funciones prácticas de la vida se detienen en el borde de la tumba. La esperanza no se detiene ahí. Cruza.
Y algo más, porque en esto no tengo dudas: Dios ama la vida. La mandó a preservar en uno de sus mandamientos —«no matarás» (Éxodo 20:13 RV1960)— y ese mandato es una vocación antes que una cerca: cuidar, sostener, hacer todo lo humanamente posible por guardar lo que Él sopló. Y cuando la vida se pierde de todos modos, Dios no se retira. Se hace presente para consolar y acompañar al que llora.
¿Dios lo hizo? No. ¿Dios pudo haberlo evitado? Sí. ¿Por qué no lo hizo? No lo sé. No tengo respuesta para esa pregunta, y no voy a fabricar una para taparle el hueco a nadie.
Pero encontré esperanza el día que empecé a hacer las preguntas correctas. Sí hay preguntas que dan esperanza, y no son las que uno hace al principio.
Job no se hizo las preguntas correctas al principio. En el fondo de su duelo caminó la senda de los confundidos, la de los que exigen una explicación que ordene el caos. Y está bien, es normal pensar así en medio de un estupor como el que vivimos. Nadie razona limpio con la herida abierta.
Cuando Dios por fin habla —esa voz desde el torbellino, teofanía o como quiera llamarse esa presencia audible— no le responde ni una sola de sus preguntas. Le devuelve otras: ¿dónde estabas cuando fundé la tierra? ¿puedes atar los lazos de las Pléyades? Job salió del torbellino con las manos vacías de respuestas y el pecho lleno de Otra cosa: «De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven» (Job 42:5 RV1960).
Ahí está la bifurcación. Puedo pararme como el Job de los primeros capítulos, exigiendo la razón que nadie me va a dar. O puedo pararme como el Job del final de los cuarenta y dos capítulos, que dejó de exigir y empezó a descansar. No puedo responder las preguntas difíciles que nadie ha respondido. Pero puedo hacer lo que Job hizo al final.
Y lo que Job hizo al final fue soltar el reclamo y apoyar todo su peso sobre la Presencia. Eso mismo hace Habacuc cuando lo pierde todo: «Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales —con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación» (Habacuc 3:17-18 RV1960).
Con todo: gracias a Dios porque mi nieto Anderson Danilo decidió firme por Jesucristo, bajó a las aguas del bautismo, y en su último adiós predicó el evangelio a más de quinientas almas sedientas del agua de vida.
Con todo: el hijo de mi compadre José amó y fue amado, y hoy José lo llora con el mismo corazón con que yo lloraría al mío.
Con todo: cada nombre que se cuenta bajo los escombros de Vargas y Caracas ya está en la presencia del que lo formó.
Con todo: ese esposo comió en nuestra mesa hace veinte días, y su familia lo llora en Venezuela con dolor, y con esperanza.
Seguimos en duelo. Sostenidos por esa certeza.
Estos son los pasos que me ayudan a alinearme con el dolor que duele. Los escribí hace más de un mes, en los primeros días tras perder a mi nieto, y los sigo caminando ahora que el duelo se multiplicó.
Permítete el silencio. Hay quien sana hablando y hay quien sana callando; el luto vivido en el silencio de la mente es igual de santo.
Deja de buscar culpables. Ni en la carretera, ni en el trabajo, ni en la tierra que tembló. La tragedia vino de la fragilidad de este mundo, y el descanso empieza el día que uno suelta la búsqueda del responsable.
Devuelve a Dios a su lugar. Él lo supo, y su mano se movía hacia la vida. El cielo no se lleva a nadie. Suelta la teología prestada que te vendieron como consuelo, porque entrega lástima con disfraz de fe.
Acepta que hay duelos que no cierran. El de una madre es perpetuo; el de un padre que entierra a un hijo, también. La meta ya no es superarlo. Es aprender a caminar con él.
Déjate consolar. Nadie tiene que sostenerse solo. Deja que vengan los que te aman, aunque lleguen desde miles de millas.
Aférrate a la certeza eterna. Con todo lo perdido, algo quedó en pie que la muerte no alcanzó a tocar. Esa certeza deja el dolor donde está, y aun así sostiene cuando lo demás se hunde.
Retoma paso a paso. Poco a poco vuelve uno a lo que hace un siervo, sin prisa, sin culpa por seguir vivo y por seguir sirviendo.
Danilo Carrillo




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