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El duelo por dentro


El 24 de junio la tierra se abrió en Venezuela con dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5. Para el 7 de julio, el balance oficial contaba 3.685 muertos, 16.740 heridos y 17.907 personas sin casa, con La Guaira convertida en zona cero. Es el terremoto más mortífero que ha vivido el país en un siglo: el de Caracas de 1967 dejó unos 245. Y falta el número que no cierra.


La ONU estimó que aún podría haber cerca de 50.000 desaparecidos; grupos no vinculados al Gobierno hablan de entre 36.000 y 46.000. El conteo oficial de ausentes no se ha actualizado, y eso, en un duelo, no es un detalle: es una herida que ni siquiera puede empezar a cerrar, porque no hay cuerpo que enterrar.


Pongo los números primero a propósito, porque así llega la noticia: en cifras, desde afuera, limpias. Pero yo no las leo desde afuera. Cada uno de esos números tiene una cara, y varios llevan mi apellido. La estadística es un número hasta que es tuyo. Después es una herida. Hablemos, entonces, desde adentro.


Son las once de la noche en Florida y la plancha ya se apagó, todavía tibia. Afuera hay tráfico, luces, gente que salió a cenar y no se enteró de nada. Yo tengo el teléfono en la mano. En la pantalla, La Guaira: un edificio partido por la mitad, una fila de gente durmiendo en la acera frente a lo que era su casa, una carpa donada temblando con el viento. Cuentan que, días después del terremoto, una tormenta se descargó sobre Caracas, y el ruido de los truenos hizo que la gente saliera corriendo, creyendo que la tierra volvía a moverse.


Suelto el teléfono. Me acuerdo de otra tumba, más cerca, más reciente. La de mi nieto. Dieciocho años. Una moto. Todavía huele a tierra fresca.


No comparo. El dolor no se compara. Solo sé que estoy en el mismo cuarto oscuro que esa abuela de La Guaira —cada uno con su muerto— y que desde acá, a miles de millas, no puedo hacer casi nada. Casi. Todavía puedo hacer dos cosas, y las hago en este espacio: nombrar y orar. Los nombro. Al que sigue bajo el escombro. A la que duerme en la acera frente a su casa partida. A la abuela que enterró a sus nietos. A la familia que perdió a varios de un solo golpe. A mi propio muchacho de dieciocho. Y oro por ellos, por los que sufren, por los que velan, por los que escarban entre las ruinas buscando un nombre. Porque cuando ya no queda nada en las manos, todavía queda esto.


Lo primero que hay que decir del duelo es que es un proceso, no un problema. Un problema se resuelve; un proceso se recorre. Y nadie lo recorre en línea recta. Vas a tener un día entero de pie, funcionando, y al siguiente te va a tumbar el olor de una camisa. Eso no es retroceder. Así avanza el duelo: en espiral, no en escalera.


El proceso pide cosas concretas, y conviene nombrarlas para no asustarse de ellas. Pide aceptar, de a poco, que la ausencia es real —y el cuerpo se resiste; por un segundo esperas sus pasos en el pasillo, pones un plato de más sin pensar—. Pide sentir el dolor sin anestesiarlo, porque el dolor que se tapa no se va: se guarda, y sale peor. Hasta Dios lloró frente a una tumba, la de un amigo que Él mismo iba a levantar minutos después (Juan 11:35, RV1960); si Él lloró sabiendo el final, nadie tiene autoridad para pedirte que no lo hagas. Y pide, por último, reorganizar una vida que ya no vuelve a ser la de antes.

Y hay algo que el duelo no es: un asunto privado. Cuando muere uno, se enferma la casa entera. Pablo lo dijo: «si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él» (1 Corintios 12:26, RV1960). Por eso el que se aparta a llorar solo, en silencio, termina peor. El duelo se lleva mejor compartido: hablado, llorado con otros, sostenido por los que también sangran.



Debajo del proceso hay algo más hondo: la herida. El proceso es el camino; la herida es el corte. Y hay cortes que el tiempo, por sí solo, no cierra. La muerte violenta, la repentina, la que rompe el orden natural —un abuelo que entierra a un nieto, cuando debía ser al revés— deja una herida que no cicatriza sola. Necesita su propio proceso de resolución, o se queda abierta durante años, sangrando por dentro, disfrazada de rabia, de culpa, de un dolor que ya nadie entiende por qué sigue ahí. Resolver esa herida no es taparla ni fingir que sanó. Nadie que amó de verdad deja atrás a su muerto. Resolver la herida es que deje de sangrar: que el recuerdo, que hoy corta, un día abrace; integrar la pérdida a la propia historia sin que la historia se congele en el peor día.


Y acá la fe hace una pregunta rara. Cuando Cristo resucitó, pudo volver con la piel entera, sin una marca, como si el jueves y el viernes no hubieran pasado. No lo hizo. Volvió con las heridas puestas, y se las mostró a Tomás: «acerca tu mano, y métela en mi costado» (Juan 20:27, RV1960).


¿Por qué? ¿Por qué el Resucitado, glorificado, victorioso sobre la muerte, conservaría las cicatrices de esa misma muerte?


Porque una resurrección que borra las heridas borra también el amor que las abrió. Las marcas son la prueba de dos cosas a la vez: de que la muerte fue real —de verdad murió— y de que, aun así, no tuvo la última palabra. Dios no nos promete una vida sin cicatrices. Nos promete cicatrices que dejan de sangrar. Eso es una herida resuelta. No la piel del que nunca fue herido: la cicatriz del que fue herido y ya no sangra —visible, glorificada, convertida en marca de un amor que costó caro—. La resurrección no borra la herida. La transfigura.


Por eso terminamos donde hay que terminar: en la esperanza. No la barata, la que finge que la tumba está vacía cuando todavía huele a tierra fresca. La otra. La que Pablo pedía cuando escribió que no nos entristezcamos «como los otros que no tienen esperanza» (1 Tesalonicenses 4:13, RV1960). Fíjate bien: no dijo que no lloráramos. Dijo que lo hiciéramos distinto, con todas las lágrimas, pero mirando hacia adelante. Y adelante hay una promesa: «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor» (Apocalipsis 21:4, RV1960). La tierra se movió, pero no se movió el suelo sobre el que descansa esa palabra.


Esa es la esperanza que abrazamos, y la que el doliente tiene que abrazar —con las dos manos— para atravesar el duelo con respeto. Con respeto por el que se fue, a quien se honra viviendo y no muriendo con él. Con respeto por el dolor, que no se apura ni se maquilla. Y con respeto por uno mismo, que sigue de pie con la cicatriz puesta, esperando la mañana en el único lugar donde ya no habrá temblores.


A mí, hoy, mi fe me enjuga las lágrimas. No me prohíbe llorarlas: me seca el rostro cuando termino de llorar. Esa es mi esperanza. Y es el único deseo con el que cierro esta página — que también sea la tuya.


Danilo Carrillo

Teólogo


Fuentes de las cifras: balance oficial reportado por CNN en Español y El Tiempo (7 de julio de 2026); comparación histórica con el terremoto de Caracas de 1967 en El Financiero (4 de julio de 2026); estimaciones de personas desaparecidas de la ONU (vía AFP/Univisión) y de organizaciones independientes (vía Telemundo), julio de 2026. El balance es la cifra oficial, y varias fuentes advierten que el número real podría ser mayor.

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