top of page

la fidelidad de Dios nos sostiene

La movilización es una decisión que, al principio, suele vivirse como una expectativa idealizada, sobre todo cuando no es una experiencia completamente satisfactoria y, en el proceso, se atraviesan situaciones difíciles. Especialmente cuando no terminamos de encajar, cuando aquellas expectativas iniciales no se cumplen y las cosas no resultan como se esperaban. Esas experiencias llegan como una fuerza que empuja cuando el suelo deja de ser firme.


Al principio creímos que se trataba solo de avanzar hacia adelante, pero pronto entendimos que era desarmarnos mientras caminábamos. En más de una ocasión estuvimos a punto de quebrarnos. No de manera ruidosa; fueron episodios lentos, silenciosos, como se resquebraja una viga que sigue sosteniendo peso hasta que un día cruje por dentro y luego se desploma sin aviso.

No supimos manejar desafíos complejos al mismo tiempo. Todo ocurrió a la vez. Las responsabilidades se apilaron unas sobre otras. Las expectativas crecieron más rápido que las fuerzas. Hubo momentos en los que me sentí vacío, cansado, quebrado, como si el combustible se hubiera agotado y, aun así, el motor siguiera girando. Perdí mi centro de gravedad. Caminaba, decidía, respondía, pero algo esencial estaba fuera de lugar.

Las tensiones del camino no siempre golpean de frente. A veces te hacen desmayar sin caerte. Por fuera seguía avanzando; por dentro, algo se rendía. Nadie ve ese colapso. No deja marcas visibles. Solo te roba la respiración cuando estás solo.


Con los años apareció una estabilidad momentánea, una especie de meseta en medio del ascenso. Trajo aire, trajo silencio, trajo la ilusión de descanso. Pero aun allí sentía los pasos de algo que me seguía de cerca. Miedo al fracaso, a la pérdida, al dolor; en realidad no lo sé con exactitud. Tal vez una memoria profunda, algo que no se desvanece dentro de mí desde la niñez. Era la conciencia de que el movimiento no perdona la distracción.


Corría para encontrar mi espacio, mi ambiente, un lugar donde mi propósito pudiera afirmarse mientras seguía construyendo algo que no se derrumbara al primer viento.

Entonces hice un alto. Miré atrás. Ocho años condensados en cicatrices, decisiones, noches largas y oraciones cortas. Y allí, donde esperaba ver solo desgaste, encontré otra cosa: la fidelidad de Dios. Sosteniendo mi matrimonio cuando la tensión amenazaba con romperlo. Guardando a mis hijos cuando yo no podía anticipar cada peligro. Cubriendo a mi familia cuando el futuro parecía un pasillo oscuro, sin salidas visibles.


Aprendí a arropar a los míos con oración constante. Con disciplina piadosa y con actos de supervivencia espiritual. La oración fue —y sigue siendo— la respuesta cuando no había respuestas, ancla cuando todo se movía, respiración cuando el alma se quedaba sin oxígeno. Mientras muchas cosas cambiaban, allí el corazón encontraba orden.


Nada se resolvió de golpe. Todavía hay mil cosas que no terminan de encontrar encaje en el complejo mundo en el que vivo. No tengo respuestas definitivas a todo lo que deseo, pienso o quiero. Seguimos atravesando cambios, adaptándonos a nuevas normalidades familiares, reajustando ritmos, soltando certezas que ya no nos sirven. Pero algo comenzó a cambiar por dentro. Donde antes había solo desgaste, empezaron a aparecer oportunidades, dejando atrás lo que debía quedar atrás. Donde antes había miedo, una visión más clara del futuro empezó a tomar forma: nuevas promesas, dirección firme, nuevas esperanzas.


Hoy sé que la movilización hiere. Marca. Exige. Pero también sé que, cuando hay propósito, no destruye el alma. La forma. La ensancha. La vuelve resistente sin endurecerla. Seguimos en movimiento, no porque todo esté resuelto, sino porque el llamado sigue siendo claro. Miramos hacia adelante mientras construimos camino, confiando en que Aquel que nos sostuvo en el desgaste seguirá guiando cada paso, aun cuando el terreno vuelva a temblar bajo nuestros pies.


Cuando estamos a quince días del final de un año y miramos hacia uno nuevo, rogamos al Dios que nos sostiene que mantenga nuestro propósito claro mientras nos muestra su benevolencia y su misericordia.


Porque el movimiento puede ser desgastante,pero el propósito te mantiene en pie.

 
 
 

Comentarios


multiplataforma.png
  • Instagram
  • Facebook
bottom of page