La gracia muda de muchos hermanos
- Danilo Carrillo
- hace 2 días
- 6 Min. de lectura
Actualizado: hace 1 día
La condena social suele considerarse lógica cuando se cometen actos públicos que se apartan de la moral y de los valores cristianos. Cuando alguien se identifica como cristiano, la condena social suele ser aún más severa, ya que se espera que sus valores bíblicos sean elevados y, por tanto, que su estándar moral sea más alto. En la sociedad actual, la condena social ante un acto de inmoralidad se produce con rapidez. Sobre esto no tengo objeciones.

El principal problema que esto genera, en la mayoría de los casos, es que deja de ofrecerse la gracia precisamente a quienes más la necesitan. Esa fue la razón por la que Jesucristo afirmó que vino por los enfermos, los pecadores y los considerados impuros, no por los que se creen sanos. Si las palabras de Jesucristo son verdaderas, como creo que lo son, entonces es a los moralmente disociados, a los pecadores y a los marginados a quienes debemos extender la gracia.
Si Jesús se sentara hoy con la persona que más te incomoda —prostitutas, homosexuales, divorciados, ladrones y pecadores—, ¿te quedarías a comer con ellos?
En mi caso particular, experimenté dos divorcios en carne propia.
Después de dos divorcios, tu pastor deja de mirarte con la misma piedad.
Lo sientes en el saludo cotidiano. En la mirada que se desvía cuando pasas. Los mensajes que antes eran frecuentes ya no llegan. En la forma en que las conversaciones cambian de tema cuando entras a la sala.
Después de dos divorcios, la sociedad te condena. Lo sientes en los grupos en los que tu nombre rebota sin que estés presente.
Después de dos divorcios, la congregación te excluye. Eso, dentro de lo que cabe, es lo previsible. Por lo general, uno de los dos sale por vergüenza o por exclusión. En mi caso, siempre regresé. Volví al mismo lugar donde había quedado manchado, porque creía en la metáfora de los diez leprosos — el único que regresa a dar gracias es el que entendió de qué fue limpiado. Volví a agradecer la restauración. Volví a someterme a la disciplina en la que me conocían por mi nombre.
Lo sientes en la silla que antes era tuya y hoy ocupa alguien que no pregunta.
Después de dos divorcios, hasta tus hijos te rechazan. Vienen del mismo techo. Del mismo apellido. De las mismas oraciones que antes de dormir. Y aun así te miran como si vinieran de otro lugar.
Y entonces llega la pregunta.
La hacen otros. La hace la congregación. La hacen tus hijos sin abrir la boca. La haces tú a las tres de la mañana, frente al espejo del baño, antes de salir a un día más.
Si afirmas amar y seguir a Dios, ¿por qué actúas en contradicción con esa fe?
La pregunta no busca una respuesta. Ya trae el veredicto dentro. Desacredita tu relación con Dios. Desacredita tu lugar entre los demás. Desacredita tu derecho a llamarte humano.
Y se hace en voz alta, sin reservas, mientras tú todavía intentas creer que la gracia también te alcanza a ti.
El asunto es esté. Nadie se detiene nunca a preguntar. Nadie se detiene nunca a escuchar al ofendido y al ofensor. Nadie. Solo se impone el ruido. El ruido del que es más público. El ruido más visible. El ruido del que tiene más voz en el asunto, en el problema, en la versión que termina circulando. Y la gracia, esa que Jesucristo derramó precisamente sobre quienes el sistema religioso ya había desechado, se queda guardada. Se queda muda. Se queda lejos del único que la necesitaba para seguir respirando.
Lo más desafiante de este proceso es lo que ocurre después: intentar reintegrarse en la comunidad, en lo que Jesucristo denominó Ekklesía, es decir, los llamados a reunirse por gracia. Este debería ser un espacio de aceptación y acogida para todos. Sin embargo, esta situación se repite en distintas iglesias, conectadas por lazos invisibles entre grupos, pastores y círculos sociales. Al interactuar con nuevas personas, surgen preguntas e investigaciones sobre tu pasado: de dónde vienes, qué has hecho, a quién has afectado o amado, y cuántas veces te has divorciado.
La conversación deja de ser un diálogo genuino y se transforma en un interrogatorio disfrazado de cortesía. Las preguntas, aunque parecen casuales, van construyendo un expediente personal.
Este proceso termina por limitar la vida de quien intenta integrarse en una nueva comunidad, incluso si los hechos que lo marcaron ocurrieron hace décadas y las heridas ya han cicatrizado. La cicatriz, aunque solo sea una marca, sigue siendo objeto de escrutinio. Las personas no buscan cicatrices, buscan heridas, y si no las encuentran, las reabren.
Aún no comprendo del todo cómo pueden ocurrir estas situaciones. Sin embargo, reconozco que todos poseemos una tendencia innata a juzgar y condenar rápidamente, como si lleváramos un tribunal invisible siempre dispuesto a emitir juicio.
Por esta razón considero que la gracia, la misma que promoví en Matrimonios 3.0 y en Matrimonios en Crisis, es fundamental en nuestra sociedad. No me refiero a la palabra «gracia» utilizada de forma superficial desde el púlpito, sino a la gracia auténtica: la que se percibe, la que se escucha, la que indaga antes de juzgar y la que acoge antes de excluir.
Lo más complejo, tras dos divorcios, es intentar reconstruir la vida en una comunidad que no juzgue ni rechace por el historial personal. Las heridas, aunque visibles, ya han cicatrizado y forman parte del pasado; algunas tienen décadas de antigüedad. Sin embargo, la comunidad suele tratar las cicatrices como si fueran heridas recientes, insistiendo en reabrir lo ya superado y recordando constantemente aquello que uno ya entregó y procesó hace años.
Permíteme detenerme aquí. Tal vez tú, lector, comprendes exactamente a qué me refiero, porque también enfrentas tu propio expediente abierto. Quiero preguntarte, de manera directa y sincera: ¿cómo te sientes? ¿Te identificas con esta experiencia? ¿Has sido rechazado o marginado por tu historial de divorcios? ¿Aún no logras el perdón interior necesario para desenvolverte en la iglesia sin sentirte observado y juzgado? ¿Sigues entrando a la congregación con temor al saludo breve, a la mirada de reojo o la pregunta incómoda? ¿Prefieres guardar silencio cuando se predica sobre el matrimonio porque cada palabra parece señalarte? ¿Evitas los grupos pequeños por temor a que te pregunten sobre tu historia y no saber cómo compartirla sin sentirte expuesto?
Si tu respuesta es afirmativa, quiero que sepas que no estás solo ni sola. Somos miles en la misma situación: sentados al fondo, cantando en voz baja, llegando tarde para evitar los saludos y saliendo temprano para no cruzarnos con quienes ya nos han juzgado sin conocernos.
Y aquí debo regresar, una vez más, a las palabras de Jesucristo.
Lucas relata una escena que conviene leer despacio. Jesús estaba sentado a la mesa en la casa de Simón el fariseo, y entró una mujer de la ciudad. Una mujer pecadora, así la describe el texto. No le pidió permiso a nadie. Se acercó por detrás, se puso a sus pies, y comenzó a llorar. Sus lágrimas mojaron los pies de Jesús. Los secó con sus cabellos. Los besó. Los ungió con perfume.
Simón, que era el anfitrión, observó todo en silencio. No habló, pero pensó. Y lo que pensó fue exactamente lo que pensamos hoy: «Si éste fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora» (Lucas 7:39).
Esa frase contiene todo el argumento de este texto.
Simón sí conocía el expediente de la mujer. Sabía quién era, qué había hecho, con quién, y cuántas veces. La ciudad entera lo sabía. Lo que Simón no entendió fue que Jesucristo, conociendo el expediente igual o mejor que él, decidió no abrirlo. Decidió recibir lágrimas en lugar de pedir explicaciones. Decidió escuchar antes de preguntar. Decidió cerrar el caso con una sola frase: «Tus pecados te son perdonados» (Lucas 7:48).
Ahí está la diferencia entre la mesa de Simón y la mesa de Jesús. Simón llevaba expediente. Jesús lo archivó.
Y ahora regreso a ti, lector.
Si tú eres uno de los que entran a la iglesia con la cabeza baja, uno de los que se sientan al fondo, uno de los que llegan tarde para evitar el saludo y salen temprano para esquivar el pasillo, quiero que sepas algo. La mesa de Jesucristo nunca se cerró. Sigue abierta. Y el expediente que llevan los demás sobre tu vida no es el expediente que cuenta delante de Dios. El único expediente que cuenta lo cerró Él mismo en una cruz hace dos mil años, y no lo va a reabrir aunque los hombres insistan en reabrirlo.
Lo que tú cargas como herida, Él lo recibe como cicatriz redimida.
Y precisamente por eso he escrito lo que he escrito.
Matrimonios 3.0 y Matrimonios en Crisis no son tratados teóricos sobre la familia. Son páginas que nacieron de este mismo dolor y de esta misma gracia. Son el testimonio de un hombre que, después de mucho tiempo, entendió que el amor de Dios no se agota en el primer intento, ni en el segundo, ni en el tercero. Si estás atravesando una ruptura, una soledad, una congregación que no termina de aceptarte, esos libros fueron escritos pensando en ti. Búscalos. Léelos. Pásalos a alguien que los necesite. Porque la gracia que se quedó muda en algunas iglesias todavía tiene voz en algunas páginas.
Y a veces, una sola página puede ser la conversación que nadie quiso tener contigo.
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