Resiliencia, Fe y la Tensión de la Esperanza
- Danilo Carrillo
- hace 16 horas
- 4 Min. de lectura

Esta semana no ha dado tregua; las malas noticias llegaron en ráfaga desde todos los frentes, recordándonos que el sufrimiento no respeta calendarios ni geografías personales. Mi gran amigo de 80 años se encuentra hoy en el hospital tras un accidente fortuito que parece sacado de un guion cruel: paseaba a su mascota cuando, en un arrebato de fuerza lúdica, ella enredó la correa en sus pies y lo hizo caer sin equilibrio, provocándole un fuerte golpe en la cabeza. Sigue internado por sangre en el cerebro y mareos constantes, una situación cuya gravedad se agrava por su edad avanzada. A esto se sumaron otras cuatro noticias profundamente personales y conmovedoras que interrumpieron mi escena, cada una con su propio peso de dolor y desconcierto. Es el denominador común de nuestra humanidad frágil: quisiéramos que la vida fuera una línea recta, una autopista despejada hacia la paz, pero la realidad es que tiene baches profundos que te cortan el aliento y te obligan a detenerte.

Esta mañana, en la intimidad del hogar, me arrodillé junto a mi esposa Rina Yadira. Oramos por cada uno de estos procesos, por la angustia de la separación de procesos personales de otros familiares, por las consecuencias de las malas decisiones de otros que impactan por ser cercanos y por el retorno complejo de tantos a la patria —algunos regresando con el corazón lleno de esperanza por un nuevo comienzo, y otros obligados por circunstancias que los desarraigan de nuevo—. Es abrumador, verdaderamente abrumador, escuchar tantas noticias de pérdida y lucha en un lapso tan breve. Y en ese silencio ante el Creador, la pregunta que siempre me hago resuena con tanta fuerza: ¿Cuáles son las implicaciones de todo esto en el acontecer cotidiano y cómo lidiamos con ello, sabiendo que Jesús está en su trono reinando absolutamente? Entiendo que el gran problema de la tristeza no es solo el evento en sí, sino la narrativa que cada uno se cuenta a sí mismo en la mente. Tú puedes construir un relato decepcionante, de dolor y derrota, alimentando tu propio proceso de angustia hasta que te asfixies, o puedes decidir afirmar las Escrituras en tu mente y en tu corazón para fortalecer tu salud emocional. Esto es lo que permite vivir un duelo saludable y, en última instancia, lo que cambia tu actitud frente a la vida y la tragedia.

Mi teología me dicta que estamos llamados a vivir de gloria en gloria, pero eso no ignora el mandato de sufrir con los que sufren ni de llorar con los que lloran. Entiendo el llanto no como un pozo sin fondo, sino como un estado pasajero dentro de las estaciones de la vida; un invierno necesario que precede a la primavera. En mi libro Enciende tu fe, sé una fuerza, documento ese proceso desgastante de ver cómo tus sueños adquieren un matiz distinto cuando no los ves florecer según tu propio cronograma. Documentar ese proceso es doloroso cuando la niebla es espesa, pero allí es donde la disciplina se vuelve el hábito más contundente para mantenerte en el camino cuando todo el entorno te indica que deberías renunciar. Como siempre le repito a mi hijo, Danilo Jesús: la disciplina es lo que nos sostiene cuando la motivación se apaga. La resiliencia, entonces, es la decisión disciplinada de elegir qué historia nos vamos a contar mientras mantenemos la esperanza de lo que vendrá.
Me identifico profundamente con el lamento del salmista en el Salmo 42, quien comienza con el grito de un alma sedienta: "Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía". Es el reconocimiento de que la angustia es real, pero no es el punto final. Dios está allí para acompañarnos y ayudarnos en nuestras debilidades mientras aguardamos la Parusía inminente. La plenitud en el Reinado de Cristo hoy no es la ausencia de baches, sino la capacidad de transitar por ellos con la narrativa de la fe. Por eso, hoy quiero recordarte la conclusión del salmista, que debe ser nuestra ancla ante cualquier noticia: "¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío."

Para ayudarnos a transitar estos procesos y generar movimiento en nuestra propia realidad, te invito a reflexionar honestamente:
· ¿Qué historia te estás contando hoy sobre el bache que estás atravesando: es una narrativa de derrota final o una de aprendizaje bajo la soberanía de Dios?
· ¿De qué manera puedes afirmar hoy una verdad de la Escritura por encima de la noticia que te abruma?
· ¿Estás permitiéndote vivir esta estación de dolor como algo pasajero, o te has instalado en ella como si fuera un destino permanente?
· ¿Qué paso disciplinado, por pequeño que sea, puedes dar hoy para mantenerte en el camino a pesar de que el entorno te invite a renunciar?
Sigamos caminando, con la fe encendida y la disciplina de una mente que decide confiar. El Trono sigue ocupado y nosotros seguimos en marcha.








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