LA banalidad de la Obediencia
- Danilo Carrillo
- 23 dic 2025
- 2 Min. de lectura

El psicólogo Stanley Milgram desarrolló en los años sesenta un experimento que reveló una verdad profundamente incómoda: personas comunes pueden cometer actos moralmente graves cuando una figura de autoridad les ordena hacerlo.
Eran personas normales, con un sentido de moralidad personal socialmente aceptable. No eran sádicos. No eran criminales. Eran ciudadanos que, en su cotidianidad, representaban el respeto por la ley y las buenas costumbres.
El factor decisivo que los volvió distintos fue la obediencia ciega.
El experimento mostró que, cuando alguien se percibe “bajo autoridad”, transfiere la responsabilidad moral. La conciencia se apaga. El juicio se delega. El “yo solo obedezco” se convierte en un refugio ético ilusorio. Allí la moral desciende a niveles perturbadores para cualquier observador. El preludio siempre responde al mismo axioma: obedezco órdenes porque mi voluntad ha sido sometida a la autoridad, sin cuestionar lo absurdo, lo injusto o lo perverso de la orden recibida.
Esta dimensión psicológica tiene una implicación de responsabilidad espiritual. Las Escrituras son suficientemente claras: “Cada uno dará a Dios cuenta de sí” (Ro 14:12). Nadie puede excusarse en la autoridad humana cuando dicha autoridad contradice la justicia de Dios.
Los regímenes corruptos no sobreviven únicamente por quienes mandan. Al final del día, son hombres que, sin un aparato humano que los sostenga, carecerían de toda fuerza real. Sobreviven por quienes obedecen sin discernir. Funcionarios, instituciones y ciudadanos que normalizan la injusticia repiten, a escala nacional, el mismo patrón que Milgram observó en un laboratorio.
La obediencia jamás es un valor absoluto. La autoridad es legítima solo cuando sirve a la justicia de Dios. Cuando el poder exige lo que Dios condena, desobedecer se convierte en un acto de fidelidad.
Discernir el abuso y separarlo del bien moral, a la luz de la justicia de Dios, es una responsabilidad ética que debería ser evidente en todo ser humano. Sin embargo, asistimos a una perversión abierta de la moral cuando un soldado raso ya no distingue entre lo correcto y lo incorrecto, entre la verdad y la mentira, entre un régimen corrupto y la institucionalidad legítima, entre el derecho a disentir y el miedo a las consecuencias. Ese miedo es, al final, el clímax que paraliza al subordinado.
Una sociedad no cae por un tirano.Cae por conciencias que decidieron no pensar.
Danilo Carrillo, Th.M.














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