El Misterio de la Iglesia Imperfecta
- Danilo Carrillo
- 24 feb
- 4 Min. de lectura
Hace poco, alguien muy cercano me lanzó un zarpazo verbal que tenía el aguijón de una serpiente: "La iglesia está llena de pecadores; por eso no voy a ninguna. Hay personas fuera que son más perfectas, que aman a Dios y no necesitan de una iglesia". Esa declaración fue un desafío a la médula de mi fe. Esa misma noche, la idea se transformó en una reflexión profunda sobre las palabras de Aquel que, conociendo nuestra miseria, decidió fundar Su comunidad.
No podemos cerrar los ojos ante lo que la historia grita. Como se discute en los niveles de maestría en divinidad de las universidades, los "horrores santos" —inquisiciones, cruzadas y complicidades en genocidios— son manchas imborrables que han causado un dolor profundo en la humanidad. A esto se suman los excesos de los últimos sesenta años, donde autodenominados profetas han levantado imperios financieros a costa de la fe de los humildes, llenando sus alforjas mientras vacían el sentido del Evangelio.

Sin embargo, Jesucristo no dijo: "Edificaré un club de santos", sino: "Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella". Esta es una promesa de supervivencia espiritual frente al mal, incluso aquel que brota desde sus propias entrañas institucionales.
Es fundamental comprender que, aunque el registro humano sea turbulento, el historial de la fe cristiana, en balance, ha sido la fuerza más potente para el bien que la humanidad ha conocido. No es solo una cuestión de fe, sino de hechos: del cristianismo emanaron los impulsos para la creación de las universidades, la abolición de la esclavitud, el surgimiento de la democracia moderna y la elevación del estatus de la mujer.
Mientras los críticos señalan las sombras, olvidan que la luz del Evangelio fue la que disipó el analfabetismo y creó los primeros hospitales y orfanatos para el alivio del sufrimiento masivo. Los fracasos de los cristianos no son una acusación contra Jesús; son la prueba de que el mensaje es superior a sus mensajeros. Jesús nunca habría sido un verdugo; Él enseñó a poner la otra mejilla, y es Su ejemplo el que sostiene la estructura, no las caídas de quienes le fallan.
La iglesia primitiva se gestó en la intimidad de los hogares, donde el compartir del pan y la oración fluía con una sencillez que no daba lugar a la edificación de imperios financieros. No obstante, la transición hacia la fabricación de grandes estructuras resultó traumática para el espíritu neotestamentario; con los templos de piedra llegó, a menudo, el poder controlador de las masas y el anonimato que diluye la transformación personal. Frente a este modelo, hoy reivindicamos la vigencia de los pequeños grupos para fomentar un crecimiento profundo.

Existen registros fidedignos de comunidades que operan bajo estos términos, y lo vivimos en aquellos días en Acarigua, Venezuela. Allí, la iglesia no era un espectáculo; era una red de grupos de crecimiento familiar. Mientras las reuniones congregacionales eran mensuales, la verdadera vida sucedía en las semanas previas dentro de los hogares, donde cada tema se trabajaba en el cara a cara. Es en esa escala pequeña donde el pecador no puede esconderse tras la multitud y donde la reforma de Pablo —«El que robaba, no robe más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que tiene necesidad» (Efesios 4:28)— deja de ser una letra muerta para convertirse en una realidad práctica, visible y restauradora.
La idea de que se puede amar a Dios sin la iglesia porque "hay gente más buena fuera" es una mentira del diablo. Quien camina solo, camina sin acompañamiento. Fuera de la comunidad, nadie nos obliga a perdonar al que nos ofende ni a servir al que no nos agrada si no somos conjuntados por la comunidad. La "perfección" del que está solo es, a menudo, una vida perfecta bajo su propia evaluación y en sus propios términos, no en los términos del Reino; y eso tampoco lleva al cielo. Lo único que te lleva al cielo es el arrepentimiento y el reconocimiento de la necesidad de Jesucristo en tu vida. A esa "perfección" aislada le falta la prueba; es una fe que no ha sido pulida por el arrepentimiento y el reconocimiento de que somos pecadores.
La iglesia es la esperanza del mundo precisamente porque es el lugar de la rendición, donde admitimos que necesitamos la fe que Jesucristo nos da para crecer en Él. La iglesia es un hospital para pecadores arrepentidos, no un museo para exhibir virtudes. Es esperanza porque, a pesar de sus grietas y de que a menudo ha fallado a su Maestro, sigue siendo el vehículo que Dios eligió para abrazar a la humanidad y anunciar Su Reino. Estar unido al desarrollo práctico de la fe, ya sea en un ministerio o en la calidez de un hogar, es aceptar que somos piedras vivas en una construcción en constante crecimiento.
¿Qué piensas tú? ¿Estás de acuerdo con la afirmación anterior y piensas que la iglesia imperfecta —esta red de pecadores que se miran a los ojos y se ayudan a cambiar— es la verdadera esperanza del mundo?




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