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¿Por qué se lo llevo?

Mi duelo, el de mi hija, y los pasos que voy aprendiendo en el camino de mi duelo..


Retrato elaborado por @amymerycarrillo
Retrato elaborado por @amymerycarrillo

Van a cumplirse dos semanas desde la partida a la presencia de Dios de mi nieto Anderson Danilo, hijo de mi segunda hija Daniela Carrillo. Tenía apenas dieciocho años; era un siervo, un hombre noble. La pregunta que todos hacen cuando llaman, cuando contesto el teléfono o devuelvo la llamada, es: ¿qué pasó y cómo fue? Es una interrogante recurrente que aviva la narrativa del dolor. Tal vez, para algunos, hablar y contar la historia sea lo más saludable dentro del proceso de duelo; el doliente se ve en la necesidad de hablar por respeto a quien llama. Sin embargo, es precisamente lo que no deseo hacer, y es la razón por la que evito las comunicaciones que sé que tienen ese perfil. Algunos de nosotros necesitamos vivir el luto en el silencio de la mente, reflexionando sobre el misterio de por qué suceden cosas malas a la gente buena, cobijándonos en la promesa de que el Señor está cerca de los quebrantados de corazón y salva a los contritos de espíritu. Salmo 34:18.

Ese joven era un ángel terrenal, sumamente maduro, con la autoridad moral para corregir a un adulto o ayudar a cualquier persona con un problema. Poseía el enorme potencial de convertirse en un líder espiritual y en una persona de gran influencia; de hecho, lo fue en su corta edad. A estas alturas, después de casi quince días desde su partida, no he podido retomar mis rutinas de publicación ni los temas que vengo desarrollando, a causa de la tristeza que me embarga. Mi dolor se multiplica por el de mi hija Daniela, sobre todo, porque ella es quien, en este momento, atraviesa un luto perpetuo. Una madre no se recupera de una pérdida tan profunda; pasarán siglos y siglos, y bajaremos a la tumba con ese dolor arraigado.


Es natural comprender cuando un padre de noventa y cinco años, un abuelo o un bisabuelo, va a la presencia de Dios, sabiendo que vivió su tiempo y llegó a su sepulcro en la madurez de su edad. Job 5:26. Pero un nieto de dieciocho años, con una licencia de moto recién adquirida, con el inmenso deseo de éxito que lo impulsaba, con su responsabilidad de llegar a tiempo al trabajo, enfrentando la lluvia, la vista nublada por el aire frío de la madrugada y los párpados cansados por la brisa; eso no es un acto de la Providencia Divina.


He leído y escuchado, en momentos como estos, a quienes dicen que el Señor se lo llevó, que Dios lo quería en el cielo, que fue su voluntad. Y quiero detenerme aquí, porque entiendo de dónde sale esa frase. La gente no la dice por maldad. La dice porque no sabe cómo cargar algo tan grande. La muerte de un joven tiene una magnitud que no cabe en las manos de nadie, y entonces uno busca el único nombre lo suficientemente grande para sostenerla: Dios. Atribuírselo a Él parece cerrar la herida, porque con Dios no se discute. Si fue su voluntad, ya no hay nada que preguntar, nada que reclamar, nada que doler. Es una manera de ponerle una tapa a lo que no se puede mirar de frente —muchas veces, una tapa a nuestra propia impotencia frente al misterio.


Pero esa tapa, repetida una y otra vez, hace daño. Pablo lo advirtió citando a un poeta griego: «las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres» 1 Corintios 15:33 RV1960. La palabra que usó para «corrompen» es φθείρω, y no describe un golpe seco, sino una decadencia lenta —algo que se echa a perder de a poco, conversación tras conversación. El duelo también tiene sus buenas costumbres: el silencio, la reflexión, el refugio en la Palabra, la imagen verdadera de Dios en el corazón. Y también se corrompen. No de un día para otro, sino cada vez que dejo entrar la frase fácil, la teología de calcomanía, el «Dios se lo llevó» dicho cien veces hasta que uno casi lo cree.


Por eso lo digo sin temor, apoyado en la Escritura: Dios no tienta a nadie ni es el autor del mal. Santiago 1:13 RV1960. ¿Dios lo sabía? Sí. ¿Dios lo provocó? No. ¿Dios lo podía evitar? Sí, y lo hizo en múltiples ocasiones por medio del ruego de una madre, pero no violenta el curso de una vida ni detiene por la fuerza a un hijo que tomó una decisión en su corazón y que, camino a su responsabilidad, perdió la vida.


Hay una distinción que la teología ha cuidado por siglos, y que aquí lo cambia todo: la voluntad permisiva de Dios no es lo mismo que su voluntad absoluta. Lo que Dios decreta, sucede sin remedio —«sea la luz», y hubo luz. Pero hay cosas que Dios no decreta: solo permite. Permite que un mundo frágil siga su curso, que la lluvia caiga, que una rueda resbale en la madrugada, que la decisión de un hombre lo lleve a una carretera. Eso no es que lo quisiera. Es que no lo impidió por la fuerza, porque desde el Edén nos hizo libres hasta cierto punto y dejó al mundo sujeto a su fragilidad. «El Señor se lo llevó» confunde las dos voluntades: convierte en decreto de Dios lo que apenas fue permiso de un mundo caído. Y esa confusión, repetida, es de las que más corrompen —más φθείρω— la fe del que llora. Tiempo y ocasión acontecen a todos. Eclesiastés 9:11 RV1960; las tragedias están sujetas a la fragilidad y a las circunstancias de este mundo, no a la mano de un Dios que recoge hijos antes de tiempo.


Aquella madrugada llegué a las dos de la mañana del tráiler de hamburguesas. Estaba despierto cuando él salió a las dos y cuarenta y cinco para su trabajo; oré por mi familia y medité hasta las cuatro, ignorando por completo los acontecimientos que se avecinaban mientras mi hijo Danilo Jesús estaba en Orlando y mi nieto en la carretera. Desperté a la mañana siguiente, a las once, con la trágica noticia en la pantalla de mi teléfono. Hice la llamada y encontré a mi hija regresando, desconsolada, a su casa, porque no pudo, no encontró la fuerza para ver el cuerpo de su hijo y reconocerlo en la morgue. Mi otra hija, Damyleth Roxy, destrozada, hacía las diligencias pertinentes. Somos una familia agonizando de dolor, sin respuestas y sin nadie a quien culpar por el deceso. Mi padre, de ochenta y siete años, desconsolado, planea un viaje al pueblo donde vive mi hija para llevar consuelo y esperanza.


Esta mañana devolví la llamada de un amigo venezolano que radica aquí desde hace treinta y tres años, para darme el pésame, y fue una de las pocas ocasiones en las que expliqué lo sucedido. El tránsito de este dolor es inexplicable a la distancia; la familia sigue con una presión en el pecho, tratando de buscar una explicación que dé sentido a lo que, humanamente, no lo tiene. No hay una explicación lógica para la partida anticipada de un hijo. Aunque todos tengan sus teorías sobre la muerte temprana, cuando las condiciones materiales están dadas, la muerte llega, inesperada y trágicamente. Las estadísticas señalan que los accidentes de moto son una de las causas más frecuentes. Hace más de un año me tocó pronunciar unas palabras por un primo que fue embestido por un vehículo mientras cruzaba una intersección en el norte de Miami con una moto; lo conocí cuando era un niño y lo volví a ver en este país, dentro de un ataúd, frente a la familia extendida.


La muerte en sí misma no tiene propósito; es solo el ineludible aviso de que está establecido para todos los hombres que mueran una sola vez. Hebreos 9:27 RV1960, y de que debemos tomar una decisión por Cristo antes de que concluya nuestro tiempo. En medio de esta oscuridad, hay una palabra equitativa y proporcional a la situación que estamos viviendo: «Gracias a Dios». Gracias a Dios porque mi nieto Anderson Danilo tomó una decisión firme por Jesucristo, bajó a las aguas del bautismo y, en su último adiós, predicó el evangelio a más de quinientas almas sedientas del agua de vida. Seguimos en duelo, pero sostenidos por esa certeza eterna, retomando paso a paso las actividades propias de un siervo que anhela seguir viendo vidas crecer en el conocimiento de Jesucristo.


Los pasos que voy caminando

No es un manual para todos, son los pasos que estoy dando en mi duelo particular. Los escribo porque, en estos quince días, mi propio dolor me los ha ido mostrando, y quizá sirvan a alguien que cruza este mismo valle.


Primero, permítete el silencio. No todos sanan hablando. Si tú necesitas callar, callar también es honrar. Hay un luto que se vive en el silencio de la mente, y no por eso es menos santo.


Segundo, no busques a quién culpar. Somos una familia sin nadie a quien señalar, y he aprendido que eso, aunque duele, es la verdad. La tragedia llegó por la fragilidad de este mundo, no por una mano que la provocó. Porque entendemos que fue un error humano.


Tercero, devuelve a Dios al lugar correcto. Él lo sabía, pero no lo provocó. El cielo no se lleva a nadie. Suelta la mala teología que te dijeron, porque consuela mentira y lástima con disfraz de fe.


Cuarto, acepta que hay duelos que no cierran. El de una madre es perpetuo. No se trata de superarlo, sino de aprender a caminar con él. El amor que no se apaga y la herida que no sana viven en la misma casa.


Quinto, déjate consolar. Mi padre de ochenta y siete años viaja para llevar esperanza al pueblo de mi hija. Deja que vengan los que te aman. No tienes que sostenerte solo.


Sexto, aférrate a la certeza eterna. En medio de todo, gracias a Dios. Mi nieto decidió por Cristo, bajó a las aguas del bautismo y en su último adiós predicó a más de quinientas almas. Esa certeza no quita el dolor, pero sostiene cuando todo lo demás se hunde.


Séptimo, retoma paso a paso. No de golpe. Poco a poco vuelve uno a las actividades propias de un siervo, sin prisa, sin culpa por seguir vivo y por seguir sirviendo.


PD: La imagen corresponde al último adiós que dibujó mi hija Amy Mery a su sobrino.

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