Geometría del vínculo traumático
- Danilo Carrillo
- 8 jul 2025
- 5 Min. de lectura

En el estudio de la dinámica conyugal, la convivencia cotidiana revela no solo las expresiones de afecto, sino también las manifestaciones de heridas psicológicas preexistentes. El contacto diario expone mapas de afectos fragmentados e indicios sutiles que demandan un análisis profundo. El psiquismo, marcado por traumas o pérdidas previas, persiste en la búsqueda de intimidad. Cuando esta búsqueda se origina desde una base emocional no resuelta, la formación del vínculo actúa como un reflejo de una urgencia psicológica, y su desarrollo presenta la inestabilidad de una estructura psíquica que no ha alcanzado la homeostasis.
Este texto ofrece un marco para la interpretación de las respuestas emocionales que emergen en las tensiones inherentes al vínculo. Cada manifestación emocional contiene una historia subyacente que requiere ser comprendida desde una perspectiva psicológica profunda, en lugar de ser evaluada superficialmente. El objetivo no es la corrección de comportamientos, sino el acompañamiento y la comprensión de las expresiones que surgen desde áreas del psiquismo donde la integración y la sanación aún no han ocurrido.
Manifestaciones del Trauma en la Dinámica Vincular

Disfunción Vincular por Ansiedad de Abandono
Ciertas expresiones afectivas se manifiestan con una intensidad que emana de la angustia. El anhelo de cercanía tiene su origen en la expectativa de una pérdida inminente. En estas circunstancias, el afecto se torna insistente, reflejando una necesidad desesperada. Cada gesto de la pareja es observado con una hipervigilancia que revela el temor subyacente a la ausencia. El individuo, carente de una seguridad internalizada de permanencia, intenta asegurar su posición a través de mecanismos de control, celos y la búsqueda constante de validación. De este modo, el vínculo se transforma en un espacio de supervisión en lugar de un refugio seguro.
Agresividad Pasiva y Hostilidad Latente
Existen estados emocionales que, al no ser verbalizados, se proyectan en el ambiente relacional como una tensión persistente. La furia, cuando no se procesa asertivamente ni se somete a un marco de resolución, se manifiesta como rigidez conductual, comentarios hirientes o un distanciamiento hostil. Su origen deriva de la acumulación de agravios no resueltos. Esta ira acumulada demanda un espacio para ser articulada, reconocida y transformada en una comunicación constructiva. Es a través de la verbalización y el reconocimiento que la emoción contenida puede convertirse en un lenguaje con potencial terapéutico.
Hipersensibilidad a la Evaluación y Baja Autoestima
Algunos individuos experimentan cualquier observación como una amenaza directa a su valía personal. La interpretación del mensaje se filtra a través del temor a la insinuación negativa. Esta reacción procede de un historial personal marcado por la desaprobación, el rechazo o el déficit afectivo. Lo que se activa es la inseguridad fundamental del individuo, no necesariamente el juicio externo. En este tipo de dinámica, el diálogo se convierte en un terreno de alto riesgo percibido. La restauración del equilibrio comienza cuando el sujeto cesa de buscar la afirmación exclusivamente en la validación externa y la encuentra en una fuente interna y estable de identidad y autoaceptación.
Fusión del Yo y Codependencia
Existen vínculos donde uno de los miembros presenta una disolución de su identidad individual. Su perspectiva, deseos y modo de interactuar con el mundo se vuelven indistinguibles de los de su pareja. Esta fusión del yo constituye una simbiosis disfuncional. La pareja no interactúa con un individuo autónomo, sino con una proyección de sus propias expectativas. En una relación estructuralmente saludable, la unidad se fortalece cuando cada individuo participa de manera íntegra, aportando su historia, vocación y su diferenciación personal.
Supresión Emocional como Mecanismo de Defensa
Para algunos individuos, la experiencia emocional se ha convertido en un factor de riesgo psicológico elevado. En consecuencia, el aparato psíquico opta por silenciar el mundo interior como una estrategia de autopreservación. Frases como "no pasa nada" o "estoy bien" se utilizan como barreras defensivas. Esta desconexión no indica una ausencia de emoción; representa una decisión inconsciente de evitar la reexposición al dolor. El adormecimiento afectivo que previene el sufrimiento también inhibe la capacidad para la alegría, la conexión y el consuelo. La recuperación de la capacidad de sentir implica un proceso de reaprendizaje de la confianza en que el mundo emocional puede ser habitado con seguridad.
Retraimiento como Estrategia de Evitación
El silencio puede funcionar como un refugio defensivo. Constituye un repliegue constante ante la proximidad del otro, una estrategia aprendida para manejar el caos percibido. Quien se aísla no lo hace por indiferencia o desprecio; lo hace por temor a la desregulación emocional que puede provocar la interacción. Este mecanismo de defensa debe ser comprendido como una señal de necesidad de protección. Una presencia paciente y consistente por parte de la pareja puede facilitar gradualmente el camino hacia una vulnerabilidad segura y recíproca.
Dependencia Emocional y Vacío Afectivo
Cuando la autoestima y el sentido de valor no están suficientemente desarrollados internamente, se proyectan expectativas desmedidas sobre la pareja. Predomina una urgencia por ser completado sobre el deseo genuino de amar. Esta dinámica impone una carga insostenible sobre el vínculo, al exigirle a la pareja que satisfaga necesidades y resuelva vacíos que exceden la capacidad de una relación interpersonal. Se busca en la figura humana una función de sostenimiento absoluto. En este contexto, la ternura se transforma en una demanda afectiva. El amor no fluye como una ofrenda, se manifiesta como una exigencia. El desarrollo de una espiritualidad o de un sólido autoconcepto libera al vínculo de esta presión y lo restituye como un espacio de mutualidad y elección.
Evasión Emocional y Desconexión Vincular
Ciertas ausencias se manifiestan a través de una falta de presencia psicológica, aun existiendo la proximidad física. El tiempo compartido se ejecuta como una rutina, mientras el sujeto se encuentra disociado emocionalmente. Esta evasión se disfraza de compromiso con obligaciones externas que parecen interminables. Es una huida progresiva ante la intensidad que requiere la intimidad. El encuentro con el otro se percibe como una amenaza a la autonomía o seguridad personal. La restauración de la conexión requiere un retorno afectivo que permita habitar el vínculo desde una confianza renovada y una presencia auténtica.
Conclusión
Este marco analítico no busca establecer una dicotomía rígida entre lo funcional y lo disfuncional. Su propósito es ofrecer una interpretación de las trayectorias que adopta la psique al intentar establecer vínculos desde una posición de vulnerabilidad y herida. Donde previamente existió un patrón desorganizado, puede desarrollarse una modalidad de relación más consciente y estructurada. No se trata de un ideal de amor, sino de un amor más profundo y auténtico en su complejidad humana. En el espacio donde una emoción fue suprimida, puede emerger la comunicación asertiva. En el área dominada por el miedo, puede construirse una base de seguridad. El psiquismo, a través de procesos terapéuticos y el desarrollo de la resiliencia, no permanece anclado al trauma; puede reaprender a avanzar hacia la posibilidad de un encuentro saludable y reparador.
Danilo Carrillo












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